Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de la asignatura es la manipulación que existe en los medios de comunicación con respecto al fracaso escolar. Los alarmantes datos que se muestran en los periódicos o la televisión no lo son tanto si tenemos en cuenta los indicadores de PISA.
El llamado fracaso escolar, de nombre dramático, se mide en España como el porcentaje de alumnos que abandonan a los 16 años la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) sin haber conseguido el título por no haber aprobado sus asignaturas. En todos los países europeos existe un cierto porcentaje de fracaso escolar, pero España se encuentra entre los tres primeros, sólo superada por Turquía y Malta.
Sin embargo, el mayor fracaso escolar de los alumnos españoles no es el resultado de alguna deficiencia en su nivel de conocimientos. Es, al contrario, la consecuencia de una vara de medir puesta en España más alta que en otros países. La prueba proviene de la comparación entre los resultados de la prueba PISA que la OCDE realiza con iguales preguntas entre los alumnos de 15 años de todos los países del grupo, y las tasas de fracaso escolar que recogen los gobiernos respectivos y que publica conjuntamente Eurostat. Los datos demuestran, por ejemplo, que Francia, con resultados en PISA muy semejantes a los de España, registra sin embargo menos de la mitad del “fracaso” escolar que España. Es decir, los centros educativos franceses aprueban a alumnos que en España suspenderían. Incluso Italia, con más alumnos que España entre los grupos de peores resultados, tiene un “fracaso” ocho puntos por debajo del de España.
España es además internamente inconsistente y en algunas Comunidades resulta mucho más difícil que en otras obtener el título de la ESO. Los resultados de PISA muestran que los alumnos de varias Comunidades Autónomas españolas obtienen resultados iguales a los del país que se encuentra en cabeza, Finlandia. Se trata de Castilla-León y de la Rioja. Sin embargo, también a ellos les suspenden.
Este desequilibrio, que implica una patente injusticia, tiene además consecuencias importantes para la vida laboral de los alumnos porque la carencia del título de Graduado de la ESO impide el paso a la Formación Profesional reglada de grado medio o superior, haciendo así que el “fracaso” se convierta además en “abandono escolar”. De modo que el sistema educativo primero hace “fracasar” a un número demasiado elevado de alumnos y luego les impide seguir estudiando. La propuesta incluida en el anteproyecto de la LOMCE de una nueva Formación Profesional Básica a la que se podría acceder sin el título de Graduado de la ESO y que, a su vez, daría paso a la Formación Profesional Media, con controles intermedios aún sin definir, aligera al menos el peso del “fracaso” en la vida de los individuos. Pero es necesario un proceso de asimilación de las reglas de calificación a los alumnos en las Comunidades Autónomas y del conjunto de España con los demás países europeos para que el injusto sambenito del “fracaso” deje de colgar de nuestros alumnos y se evite además este daño a la imagen de España.
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